jueves, 14 de julio de 2011

UNA VIDA DE 97 AÑOS

"El timbre suena una vez. Nadie abre.
Por segunda vez María volvió a llamar, esta vez, aporreó la puerta, acercó su oído, escuchó unos pasos, no muy ligeros, y esperó.
Una mujer de unos 68 años le abrió. Parecía no ser la dueña.
La chica saludó, pidió paso y entró entró a la casa. Era amplia, enmascarada con muebles muy antiguos pero bien conservados.
El pasillo era largo, algo oscuro y con las paredes amarillentas por el paso del tiempo. A cada lado había una puerta cerrada y otra entreabierta. En cada cama, se veían las muñecas de porcelana olvidadas y sumidas en una capa de polvo. Cada paso que daban juntas por el pasillo mientras hablaban, un aire fresco aliviaba el calor de la calle. Se acercaban al salón. 

En pocos minutos, el olor del aire fresco fue cambiando. De una brisa agradable, fue pasando a un olor añejo y espeso, como si a cada respiro, el desaliñado aire vaciara todo el frescor que el oxígeno produce. 

Allí estaba la hija de la dueña de la casa, una mujer bajita con unos pendientes tan grandes que le descolgaban las orejas, y la madre de la misma, una señora mayor, al parecer de estatura baja y pelo añil envuelta en una bata vieja color hospital, una revista de paisajes en sus pantorrillas y un taburete para poner los pies. Sentada bajo almohadones enormes descansaba, o eso parecía. Tenía puestas almohadas en la nuca, en la espalda, y a cada costado, dos cojines más, para evitar posibles caídas.
La anciana llevaría días, meses, horas o incluso años sentada así. Con las piernas inmóviles, enormes y blancas, con heridas en la piel y varices a punto de estallar.

Contenía una mirada perdida y un rostro temible. María no supo que decír, ni si reír o saludar, pero entre dientes soltó una sonrisa. Sus ojos llenos de impacto se posaron en los temerosos de la vieja, la cual ya no hablaba ni oía nada desde hacía años. Sus oídos habían sido testigos de conciertos de sus hijos. Sus manos recogieron muchos frutos en el campo para construir aquella casa, y sus piernas, de nuevo sus piernas tan débiles y antaño tan fuertes. La hija contaba que cuando su madre fue joven, fue una de las mejores bailarinas de salón durante muchos años, pero hacía años que nada ni nadie animó sus andares.

La chica atenta a la historia, apenas intervino, sólo de vez en cuando, mirada de reojo aquel espíritu apagado y aturdido pidiendo ayuda y "leyendo" (viendo imágenes de revistas) o imaginado las letras de una lectura que hacía tiempo le quedó a oscuras. A veces parecía feliz (tuvo que serlo) ahora sólo imaginaba un viaje, el otro mundo.

La situación hizo llorar a la hija de la abuela, María soltó con ella una lágrima, y las dos quedaron en un silencio absoluto. Acto seguido, se levantaron para despedirse. María se acercó al sofá de la vieja y le dijo adiós. Al rodearse para salir de la casa, la mano de Lourdes, que así se llamaba la anciana,  agarró con fuerza la de la chica. Ésta la miró, le miró la mano, llena de arrugas con superficiales venas. Se miraron a los ojos y ambas sonrieron. La vieja hizo un gesto con la boca, como tirándole un beso. Volvió a sonreír mostrando sus rojizas encías y sus labios morados del tiempo mientras aflojaban sus fuerzas y liberaban el brazo de María.

Volvieron a recorrer el pasillo por donde habían entrado dejando a Lourdes con la mirada perdida.  
Antes de marchar, la joven pidió disculpas. Tomó el pomo y al girarlo  le dijo la hija:
-Hacía años que mi madre no sonreía, gracias-.
Se despidieron, y la mujer le susurró a la jovencita: -"Ven cuando quieras, esta es tu casa"-.


"Así quedó la historia. Pelos de punta, nervios a flor de piel y una sonrisa arrancada de una mujer vieja y postrada en un sillón con muchos años contados, y una frase que jamás se le olvidará: Vive y recuerda que fui joven como tú".


Los Recuerdos

En el momento en que se paran tus sentidos debes empezar a temer. En el momento en el que no escuchamos nada ni a nadie, debemos de empezar a preocuparnos.
¿Cuántas veces se te ha parado la mente y no escuchabas ni tu propia voz?
¿Cuántas veces después de no escuchar tu voz, has escuchado otras mil voces desconocidas, y de entre tantas alguna te resultaba ser familiar?
Amig@, son los recuerdos que creemos que se nos olvidan o se van... Pero no es cierto. No se van.
Están perennes esperando una respuesta a la ignorancia.
Son constantes y nos hacen ver que siguen vivos. Porque los recuerdos nos hacen recordar lo que un día vivimos, lo que un día fuimos y lo que somos gracias a todo aquello que hoy se recuerda.
La constancia con la que los recuerdos aman la vida es ilimitada, es supernatural y te puede transportar al lugar más agradable del mundo, al minuto más doloroso, o al que un día olvidaste por completo...
¿Porqué el ser humano tiende a olvidar sus recuerdos?
¿Porqué no aprender de aquello que fue o que no pudo ser y no lamentarnos para poder alcanzar el aprendizaje?

Una mente no olvida. Una mente demente, olvida en casos particulares de su vida, pero tiene ráfagas de aquello que sucedió.

Podemos aceptar que nuestra mente no olvidará y tendremos que vivir con todo aquello que recordamos. ¿Porqué olvidar cuando fue parte de nuestras vidas?
Olvidemos que los recuerdos son un lastre. Hay que vivir con las experiencias de aquello que fue, para hacerlo como uno quiere hoy. 

martes, 12 de julio de 2011

Sólo un recuerdo

Cuando se mira alrededor, se ve lo que cada persona tiene en su mente. Y ahi jugamos al juego de lo que yo quiero ver y de lo que no veo, o simplemente no me apetece enfrentarme ahora.
Despues de un poquito de más de dos meses, y de ver tanta calamidad en la calle, tanto robo, tanta molestia inservible y molesta, uno se da cuenta de que hay algo todavía por hacer.

Fueron tantos momentos en los que sentirse reina, princesa, dama o mujer ya no importaba. Para ser cada una de estas cosas, solo hay que saber creer en en uno mismo. No a todo el mundo trataron igual, y digo todo, porque también nos podemos sentir reyes, príncipes, señores u hombres.

Si... cada persona es un mundo. Aunque si dieramos cuenta, o importancia real a esta frase, veríamos que el mundo esta hecho por personas, y que cada uno tiene una alma de diferente color pero no de diferente mundo.
Así fue él, un alma de color en un mundo oscuro y triste. Lleno de esperanzas rotas por un pasado, cada día se levantaba y su unica rendición era llamarme lopina. Así fue como me sentí integrada en el mundo.
Gracias a la enseñanza de cada año, de cada paso y en cada etapa, me he sentido yo misma y con mi propia creencia.

Lo que no saben la mayoría de las personas con las que cada día tropiezo, es aprobechar la vida con cada persona que se presta a vivir un trocito de ella. O toda una vida.
Lo que no sabe la mayoría, hasta que realmente lo aprecian, es el dolor envolvente que te despierta cuando una persona se ha ido... para siempre.

El motivo

Con una oleada de desatres, ya sean humanos o naturales, existe la posibilidad de que todo el pasado quede hecho trizas en un presente como el que hoy día conocemos.
Después de tanto cavilar, y volver a decidir que la historia tiene que volver a resurgir de las cenizas, me temo que lo mejor acaba de empezar aunque todo quedase en ruinas.
Y es que, mirar al pasado no es recaer, sino construir cada piedrecita olvidada, cada roca que fue un muro, y volverlo a alzar para construir un presente mejor.

Se añorará todo lo impensable, y se recordará lo vivido como si cada momento de flaqueza marcara el territorio de una ruina que será histórica y de la cual enseñaremos...
Porque volver a empezar es hacerlo desde la historia, desde el pasado que fue tapado por un manto silencioso de miradas que sólo miran, y que hablan de lo que podría ser, y de lo que no fue.