miércoles, 30 de abril de 2014

Déjame que te cuente.

Déjame que no llore.
Que mi llanto no lo oigan los sordos. 
Déjame que mi angustia
no sea amarga a mis pasos,
arrastrados y sin rumbo
sin llegar a ninguna parte,
Sin fuerza van pisando
aquellas lágrimas que me dejaste,
en aquellas horas, que matan sin piedad,
testigos de nuestro desnudo al azar. 

Déjame que te bese,
aquella herida que sin curar aún sangra.
Déjame que te bese,
que mis labios enrojezcan
tus mejillas de nuevo,
como antaño, en esos días soleados.
¡Qué fueron de aquellos días!

Dime,  si aún buscas piedad en tu alma,
consuelo en mi sonrisa,
quizás no seré yo,
quien sepa sostenerte en mis brazos.
Quizás, no seré, quien haga de ti mi prisionero.

Y si aún pides piedad en tu mirada,
¡Ni rencor ni lástima!
¡Que se lleven los demonios
quien de ti no se apiada!

¿Porqué pedir paciencia
si ni siquiera te la ofrecieron?
¿Porqué encontrar perdón
cuando ni siquiera te has perdonado?

Ay, Alma viajera y pura.

Déjame que tu angustia
no sea amarga en tu caminar.
Que no pierdas tus pasos,
que no vayas sin rumbo.
Déjame decirte,
que tu corazón, a nadie debes.
Déjame,  descubrirte ante este mundo
enseñarte, que lo puro, también se contamina.

Permitirme dejarte esta nota;
Que el tiempo no aleja,
 el que se aleja no olvida el tiempo.
Permitirme, en esta nota recordarte:

“Que no eres preso del perdón, ni esclavo del dolor.
Permítete a ti mismo, tu propio corazón”.