lunes, 19 de mayo de 2014

BAJO LA ESCALERA

Allí se encontraron a Marta. Bajo el hueco de la escalera. Inmóvil, sin saber cómo había llegado hasta allí.
Se había encogido su corazón. Helada y desconcertada no sabía donde estaba. El dolor que provocaban las cuerdas que ataban sus muñecas, el sudor de sus manos y la penumbra que la envolvía, la despertaron en su propio grito <<¡Auxilio!>>

El terror la apresaba y sus dedos apenas los podía sentir. Notaba cómo el mármol se cernía en cada poro de su piel.
Apenas intentó levantarse, desistió. No podía. Cuando se movía más de la cuenta se ahogaba. Estaba petrificada, le era imposible casi moverse. Empezó a retorcerse, a intentar desatarse, a intentar pedir ayuda, pero seguía sin conseguirlo.
Como si de una serpiente se tratara, se retorció una y otra vez en el suelo hasta quedarse dormida.
En quince minutos, se despertó gritando y llorando desconsoladamente. Apenas le salía la voz, apenas ella misma se escuchaba cuando nombraba a alguien para que la ayudase, apenas unos minutos habían bastado para darse cuenta de que aquella oscuridad absorbía sus palabras y su quebranto.
Intentaba buscar alguna luz entre tanta oscuridad. Sus ojos habían perdido el brillo de esas lágrimas que no la dejaban ver, y a lo lejos un destello de luz pudo percibir.
Intentó adivinar cómo soltarse, cómo estaba atada, cómo podía huir de aquel infierno.
Al tirar una vez más, notó cómo los cordones de sus zapatos eran los que le rodeaban el cuello. Y al mismo tiempo, una puerta se abrió, dándose a ver su estado, y volvió a cerrarse con un estrépito golpe, retumbando el suelo.
<<Cómo es posible, quién me ha hecho esta barbaridad>>.<<Es impensable pensar que estoy aquí, semidesnuda, faltándome mis botas, con este olor a gato muerto, a podredumbre. Y mi camisa, quién me ha rasgado la camisa así>>.

En el piso de arriba empezaron a escucharse golpes. Una silla se arrastraba de un lado a otro de la estancia. Marta palidecía cada minuto más. <<Estoy muerta>>. <<No se quién quiere verme muerta>> Se sentía indefensa. La bajada de temperatura empezó a dominar su cuerpo. Desde sus pies, sus muslos, su pecho, su nariz y sus mejillas, por donde rodaron sus últimas lágrimas…

El sonido de la habitación de arriba cada vez se hacía más pesado. Los golpes eran secos, cada vez más fuertes. Parecían que iban a tirar un muro.

Un timbre sonó.
Nadie abría y volvió a sonar. De nuevo una vez más y otra más, casi sin dejar de parar, “din-don” “din-don” ¡“din-din-don-don”! pARÓ.

Una corriente caló la piel de Marta. Todo quedó en silencio. La puerta del patio se estaba abriendo, pero ella no era consciente. Nada ni nadie parecía moverse. ¡Sal de ahí Marta!- agonizaba su subconsciente.

Tras tanto silencio un hálito la resucitó del trance. Se oían golpes de sartenes, platos, vasos estrellarse contra el suelo, una cafetera a punto de café… Y volvió a sonar el timbre de la puerta principal. De un salto, y casi sin esperarlo Marta corrió para ver aquello. Sus ojos no daban crédito. Todo estaba volando alrededor de la mesa de la cocina. <<¡Quién anda ahí!>> “Marta no hay nadie - le dijo su conciencia”
Volvió a sonar el timbre. Una voz de mediana edad gritaba desesperada.
Salió a la puerta de la calle, un niño tras una pelota. En un acto reflejo, Marta se giró bruscamente. Un sonido de dentro hizo volverse a toda prisa. Un pensamiento la inundó, la paralizó. <<Cómo me he desatado…>>
En el piso de arriba seguían los golpes. Zarpazos y más zarpazos. Despabiló de su ausencia y subió las escaleras de dos en dos. Empujó la puerta desde donde se supone que provenía tal escándalo. El pomo estaba demasiado frío para abrirlo y empujó con las fuerzas que le quedaban a la puerta. Cogió carrerilla hacia atrás y la abrió con su cuerpo.

Los pies de aquella mujer golpeaban el cristal de la ventana, y el cuerpo, aún con espasmos, parecía con vida. Marta acercó una mesa que había en la habitación, le posó los pies y sujetándola, aflojó la soga que la colgaba. La dejó sobre la mesa y corrió despavorida para pedir ayuda.
Inesperadamente, cuando se volvió para salir, la puerta había desaparecido. <<¡La puerta no está!>>
Giró la cabeza hacia la mujer, y tampoco estaba. Se levantó y empezó a buscar la ventana. Todo había desaparecido. Todo estaba pintado de blanco. La pared era lisa, gélida y deslumbraba sus ojos. Empezó a gritar y a dar vueltas alrededor de ella, sin sentido, sin ridículo y sin que nadie más la escuchara. Su corazón palpitaba cada vez más, sólo se oía su agonizante corazón retumbar entre aquellas paredes. Marta cayó al suelo.

Al abrir los ojos, vio la sonrisa de su madre. Tanto alboroto esta noche hija, ¿Qué te ocurre?-le dijo.
Marta no pudo hablar. Y en los brazos de su madre, y allí en su habitación, se quedó dormida, por fin.


Patricia López Castillo_ 24/06/2009